Sangre a borbotones

Escrito por Celia

Apenas abrí mis ojos no sabía donde me encontraba. Mi cabeza rebotaba de un lado a otro de la habitación aplicándole un delicado aspecto de mosaico. Lástima que este mosaico no estuviera impregnado en brillantes colores. Protagonizado por máquinas fracturadas en mil pedazos que bailaban a un ritmo, al compás de un pitido resonante. ¿Estaría jugando a aquel juego que me entretuvo durante mi infancia?

Volví a cerrar mis ojos. O a abrirlos. Ante mí un vacío oscuro se ampliaba en espirales infinitas que cambiaban su sentido a medida que el pitido incrementaba su velocidad. Unos ojos azules me observaban al abrir los ojos. ¿O los tenía ahora cerrados? Un camino empinado rotaba aumentando su velocidad y provocando un vértigo eterno en mi cuerpo. Mis ojos parecían girar y mis órbitas vibraban al ritmo de lo que creía eran mis latidos, unos latidos que me taladraban la sien en un esfuerzo por convertirme en el nuevo Frankeinstein clavándome un tornillo infinito.

Mis labios estaban extrañamente secos. Una sequedad que iba expandiéndose a lo largo de mi rostro obligando a mis pestañas a permanecer unidas. ¿No había abierto antes los ojos? Un grito interno me puso los pelos de gallina. Quiero abrir los ojos y olvidar esa mirada azulina. El túnel giraba a más velocidad. La angustia que me manejaba se hacía patente en mis labios que notaba apretar con fuerzas. Quiero gritar. ¿Por qué no podía separar los labios? Saboreo mis labios. ¿Qué es ese sabor que me recuerda a mis días de escuela? Pegamento. Mis labios sellados. Intenté respirar. Mi nariz, con una sequedad extrema, parecía que estuviera tapada con miles de algodones que no permitieran entrar ni un atisbo de oxígeno. Mis pulmones. ¿Tenía suficiente oxígeno? Angustia. Las manos. Debía moverlas. Me quedaba poco tiempo. Podría quitar el pegamento de mis labios. ¿Quién me había hecho eso? Cada vez notaba como mis pulmones se llenaban de dióxido de carbono que permanecía encarcelado en mis bronquios. Mis manos, inmóviles. Necesito moverme. Quiero aire. Mis células gritaban añorando el oxígeno mientras veían como sus vecinas iban perdiendo la vida ante la falta de nutrientes.

Mi parálisis que ahora adivinaba completa aumentaba mi ahogo. Ahogo. Gritos ahogados en mi pecho. ¿Por dónde podrían salir? Un ardor cada vez mas doloroso se formaba en mi pecho. Aire, necesito aire. Cada vez tengo menos fuerzas. Intento gritar, levantar mis manos. Los ojos, quiero abrir los ojos. Socorro. Ayuda.

El pitido insoportable. ¿Dónde estoy? Espera. Últimos segundos con suficiente oxigeno en mi cerebro como para utilizar mis sentidos me deja agudizar mis oídos. Me dejaré despertar lentamente de este sueño. Un último suspiro. ¿Suspiro? Otro ruido. No es el pitido. Angustia. Me sofoco. Voces. Muchas. Cada vez mas altas. Escucho las últimas palabras que mi desoxigenado cerebro me permite.

Bienvenidos queridos alumnos a la sala de disección. Hoy comenzaremos nuestra primera disección de un cadáver. ¿Qué es eso? Está frío. Un dolor intenso. Un bisturí que divide en dos un pecho que vivió sus últimos minutos esperando morir asfixiado. Y después, sangre a borbotones.

Celia, gracias por compartir tu relato, saludos.

1 comentario (+¿añadir los tuyos?)

  1. Alex Brendon
    Ene 22, 2015 @ 10:40:40

    Muy bien narrado y con un desenlace brillante. Lo considero una original vuelta de tuerca al tema del Entierro Prematuro.

    Responder

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