Sangre a borbotones

Escrito por Celia

Apenas abrí mis ojos no sabía donde me encontraba. Mi cabeza rebotaba de un lado a otro de la habitación aplicándole un delicado aspecto de mosaico. Lástima que este mosaico no estuviera impregnado en brillantes colores. Protagonizado por máquinas fracturadas en mil pedazos que bailaban a un ritmo, al compás de un pitido resonante. ¿Estaría jugando a aquel juego que me entretuvo durante mi infancia?

Volví a cerrar mis ojos. O a abrirlos. Ante mí un vacío oscuro se ampliaba en espirales infinitas que cambiaban su sentido a medida que el pitido incrementaba su velocidad. Unos ojos azules me observaban al abrir los ojos. ¿O los tenía ahora cerrados? Un camino empinado rotaba aumentando su velocidad y provocando un vértigo eterno en mi cuerpo. Mis ojos parecían girar y mis órbitas vibraban al ritmo de lo que creía eran mis latidos, unos latidos que me taladraban la sien en un esfuerzo por convertirme en el nuevo Frankeinstein clavándome un tornillo infinito.

Mis labios estaban extrañamente secos. Una sequedad que iba expandiéndose a lo largo de mi rostro obligando a mis pestañas a permanecer unidas. ¿No había abierto antes los ojos? Un grito interno me puso los pelos de gallina. Quiero abrir los ojos y olvidar esa mirada azulina. El túnel giraba a más velocidad. La angustia que me manejaba se hacía patente en mis labios que notaba apretar con fuerzas. Quiero gritar. ¿Por qué no podía separar los labios? Saboreo mis labios. ¿Qué es ese sabor que me recuerda a mis días de escuela? Pegamento. Mis labios sellados. Intenté respirar. Mi nariz, con una sequedad extrema, parecía que estuviera tapada con miles de algodones que no permitieran entrar ni un atisbo de oxígeno. Mis pulmones. ¿Tenía suficiente oxígeno? Angustia. Las manos. Debía moverlas. Me quedaba poco tiempo. Podría quitar el pegamento de mis labios. ¿Quién me había hecho eso? Cada vez notaba como mis pulmones se llenaban de dióxido de carbono que permanecía encarcelado en mis bronquios. Mis manos, inmóviles. Necesito moverme. Quiero aire. Mis células gritaban añorando el oxígeno mientras veían como sus vecinas iban perdiendo la vida ante la falta de nutrientes.

Mi parálisis que ahora adivinaba completa aumentaba mi ahogo. Ahogo. Gritos ahogados en mi pecho. ¿Por dónde podrían salir? Un ardor cada vez mas doloroso se formaba en mi pecho. Aire, necesito aire. Cada vez tengo menos fuerzas. Intento gritar, levantar mis manos. Los ojos, quiero abrir los ojos. Socorro. Ayuda.

El pitido insoportable. ¿Dónde estoy? Espera. Últimos segundos con suficiente oxigeno en mi cerebro como para utilizar mis sentidos me deja agudizar mis oídos. Me dejaré despertar lentamente de este sueño. Un último suspiro. ¿Suspiro? Otro ruido. No es el pitido. Angustia. Me sofoco. Voces. Muchas. Cada vez mas altas. Escucho las últimas palabras que mi desoxigenado cerebro me permite.

Bienvenidos queridos alumnos a la sala de disección. Hoy comenzaremos nuestra primera disección de un cadáver. ¿Qué es eso? Está frío. Un dolor intenso. Un bisturí que divide en dos un pecho que vivió sus últimos minutos esperando morir asfixiado. Y después, sangre a borbotones.

Celia, gracias por compartir tu relato, saludos.

Oni El Perro zombie

¿¿¿ Estáis preparados para disfrutar de

la noche de Halloween ???

:D Pues empezamos con este relato en vídeo que nos ha enviado Bony desde www.videorelatores.com producido por ellos mismos y que podéis disfrutar a continuación…

Gracias, Bony por tu aportación

 

Musa

Escrito por Luna
http://rimaeterna.blogspot.com.es/

¿Dónde se consigue la inspiración cuando la buscas? No es tan fácil. No es como ir al supermercado de la esquina de enfrente a comprar sal porque justo recuerdas que no queda para la ensalada. Los condimentos son elección propia; el vinagre, el aceite, la cantidad de tomate, el color de la lechuga, la espesura de la cebolla. La inspiración no se elije, llega.  A veces, resulta que viene susurrada por el viento, mezclándose entre remolinos pequeños hasta que se convierte en un torbellino feroz, capaz de arrasar con todo; con tus pensamientos, desgarrando tu piel, besando tu alma, devorándote la propia existencia. Te malgasta por dentro y te da vida por fuera. Musas. Escondidas por el aire, se tropiezan con quien menos esperan.

Una musa.

La has imaginado, ahora mismo. Mantén esa imagen, recuérdala, búscala, píntala, escríbela. Ámala, ámala si quieres, incluso sin querer queriendo; frente a frente, de espaldas, entera, nunca a medias. Hazlo en silencio, gritándoselo, intercalando suspiros entre tristezas y alegrías. Enamórala con tus defectos, enfurécela con tus virtudes. No le digas que nada es para siempre ni que siempre es para nada.

Desde que tenía uso de razón, aún recuerdo la primera vez que el viento se atrevió a entrar por mi ventana, y como me caló los huesos hasta hacerme tiritar poniéndome los pelos de punta; intentaba constantemente darle una imagen a esa entidad invisible que me visitaba para enseñarme a hablar sin usar la voz. Imposible de olvidar tanto como recordarla exactamente, se fue reconstruyendo con todos y cada uno de los pasos que dio mi propio tiempo. Se abrazó a mi pasado, se quedó atrapada en mi presente y ni si quiera me deja pensar en el futuro.

Quizás se acabó, se cerraron las ventanas, se bajaron las persianas y no, no hay más viento aquí. Esa figura se desvaneció igual de rápido que ese sombrero que escapa de la cabeza de cualquier transeúnte marcado por las normas del aire; una brisa risueña y traviesa que se divierte haciendo perder el control, pequeña arlequina de entre todos los elementos. Te concentras para imaginarla de nuevo, chocando por las paredes de tu imaginación, dando pisadas que van coordinadas con los latidos de un corazón que no conoce el frenesí de una mirada. Ahí está. La ves corriendo con su larga melena; empiezas a correr detrás de ella como si solo te quedara un minuto de vida, y aún así lo único que deseas es gastarlo en intentar alcanzarla. Tropiezas, y observas como se gira para mirarte durante una imperceptible milésima de segundo; y ahí la ves, con esos puntitos en la cara simulando lejanas estrellas que parecen sacados del cielo, como si de una constelación se tratase.


Porque una musa debe deslumbrar como las estrellas, con un brillo tan grande que acabe cegándote, agudizando solo tu forma de querer, mordiéndote el corazón hasta que borres de tu memoria la palabra “incapaz” por “capaz”.

 

Luna, gracias por compartir tu relato, saludos.

Como una niña (Like a girl)

A lo largo de nuestras vidas, ¿cuántas veces habremos escuchado frases tan sexistas y machistas como: “lloras como una niña”, “peleas como una niña”, “corres como una niña”, “¡pero cómo te ha podido ganar una niña!?

No nos damos cuenta, porque estamos acostumbrados a escucharlas a nuestro alrededor, en películas o en series de televisión, pero en realidad esas frases tienen connotaciones muy negativas. Son capaces de destruir la autoestima de un niño, menguando su confianza, o de una niña, que a partir de esas frases, más si son sus padres quien las dicen, se sentirá confusa y creerá que hacer las cosas “como una niña” es algo humillante.

Os invito a que veáis esta campaña publicitaria de Always (compañía de productos de higiene íntima femenina), y comprobéis cómo la sociedad nos ha distorsionado el concepto “como una niña”.

La pluma

Escrito por Salva

La alarma del despertador sonó a las siete de la mañana como en los últimos 30 años, que es el tiempo que llevaba Joe Gardfiel en Morris&Brooks, un bureau de abogados de lo mejorcito de Manhattan.  Joe como siempre realizaba una especie de ritual antes de dirigirse a la oficina, siempre antes de incorporarse de la cama buscaba las pantuflas con las puntas de los dedos del pie derecho para evitar lo menos posible el contacto del suelo, que a esas horas estaba tan frío como un cubito de hielo.

Una vez levantado, se dirigió al baño con pasitos cortos pero rápidos, ya que su próstata ya no era la de un chaval y esta pedía paso. Después de darse una buena ducha con su posterior afeitado, vestido y acicalado, su próximo movimiento era la preparación del desayuno: tostadas con mantequilla Skippy y café Bonka muy cargado, aderezado con dos terrones de azúcar moreno, y un buen zumo de naranja; naranjas compradas en la tienda de Moes, un viejo irlandés pelirrojo, pecoso y tozudo como una mula, que emigró a la isla hace 15 años. Mientras sorbía la taza de café, Joe sabía que esa mañana era especial, ¿por qué? Porque se jubilaba.

Era su último día, todavía no estaba mentalizado de que su vida iba a cambiar en el momento en que dieran las siete de la tarde.

Desde que murió Geena de cáncer, hacía cinco años, Joe se había dedicado a su trabajo en cuerpo y alma, ya que trabajando era la única forma de mitigar su soledad, ¿qué iba a ser de su vida a partir de mañana?…

Era hora de partir hacia la oficina, el maletín de piel marca Saffroni descansaba al lado del zapatero. Joe se enfundó unos Berluti que iban a juego con su traje Brioni, conjuntado con una corbata Pietro Baldini que le regaló Geena en su décimo aniversario.

Se dirigió al ascensor que comunicaba con la planta inferior donde se encontraba aparcado el Audi A8, se subió a él, arrancó y se dirigió hacía la oficina a ritmo de los Dire Straits y su Money for Nothing que tanto le gustaba a Joe escuchar.

La distancia desde su casa a la oficina era de unos 5 km., pasaba por Peretz Square, un pequeño parque triangular donde se intercalan las calles Houston y la primera avenida, pasando por la calle Great Jones, conectando esta con la calle 3 Este y la calle 3 Oeste, enlazando con Cooper Square.

El tramo que separaba el hall de la cuarta planta donde está el bufete le sirvió a Joe para pensar cuáles iban a ser las respuestas a las preguntas que le iban a hacer sus compañeros referente a su nueva etapa. Pescar, visitar familiares a los que hacía tiempo que no veía, pero lo que más deseaba era retomar su afición a la escritura. Joe se consideraba un escritor frustrado y ya era hora de aprobar esa asignatura pendiente.

La puerta del ascensor se abrió y nada más cruzar el umbral de entrada a la estancia, fue recibido con aplausos y enhorabuenas, recibiendo palmaditas en el hombro a medida que cruzaba el pasillo, fue directo a su mesa levantando tímidamente la mano mientras se sentaba.

Se le acercó Bruce Campbell, Bruce era un tipo bajito y rechoncho de piel rojiza y ojos de comadreja, rondaba los 50, tenía la cara parecida a un queso de gruyer debido al acné mal tratado en su época adolescente.

Bruce apoyó sus manos sobre la mesa, fijando su mirada en la de Joe, a la vez que le preguntaba:

-¿Estás preparado para tu nueva vida?
-No lo sé, improvisaré sobre la marcha -respondió Joe.
-¡Ja,ja,ja!..-exclamó Bruce.

-¡Joe Gardfield…! -se oyó al fondo del pasillo, era Michael Morris III, uno de los socios fundadores de la firma-. ¿Puede venir un momento a mi despacho?

Joe se levantó como un resorte y se encaminó vacilante hacia el despacho.

-Joe, nos gustaría a Peter y a mí ofrecerle una despedida como usted se merece, a la hora de la comida junto con sus compañeros, en D’Angello, ¿le parece bien?, la mesa está reservada a las 14:00.
-Estoy agradecido y sorprendido señor -contestó Joe abrumado.
-No hay porqué, nos vemos luego.
-Muy bien señor.

La mañana transcurrió deprisa, tan veloz que cuando quiso Joe darse cuenta ya estaban en los cafés de D’Angelos. Michael Morris III y Peter Brooks, imponentes al otro extremo de la mesa como dos colosos de Rodas, se levantaron para pedirle a Joe que se acercara a ellos para entregarle un obsequio por su dedicación a la firma: un reloj Cartier de correa de piel con esfera de oro blanco tapizado con diamantes.

La emoción brotó…y a Joe se le humedecieron los ojos. Fuertes aplausos y silbidos atronaron en el restaurante, fue una bonita despedida.

Una vez en su casa y con el estómago revuelto debido a la ingesta de alcohol, prefirió aplazar lo que tenía en mente… escribir. Mañana será el comienzo de mi nueva vida como escritor, eso es.

Al día siguiente, después de desayunar se dedicó a reorganizar su despacho. En un cajón del escritorio vio una preciosa cajita de madera adornada con simbología egipcia, la abrió suavemente. En su interior había una pluma dorada con incrustaciones de lapislázuli. Deslizó su dedo índice y pulgar cogiéndola firmemente, rememoró el día en que Geena se la entregó acompañada con esa sonrisa que la caracterizaba, en un bazar de Egipto, después de confesarle el vendedor que dichas incrustaciones habían sido sustraídas directamente del sarcófago del faraón Akenaton, de la dinastía XVIII, uno de los faraones más importantes de Egipto.

La examinó y comprobó que no tenia tinta, la guardó en unos de sus bolsillos delanteros del pantalón, cogió las llaves de la casa y se encamino hacia la calle St.Jhonns, en busca de la papelería König.
-Seguro que allí me darán alguna solución…-pensó Joe.

Peter König, fue un número en el campo de concentración de Auswitch durante la segunda guerra mundial. Aún conservaba la mirada huidiza y desconfiada de aquel momento, bajito, barrigudo y con una nariz enorme.

-¡Buenos días Sr. Gardfield! ¿En que le puedo ayudar ? -lo observó a través de unas pequeñas gafas redondas.
-Mire Peter, mi mujer me regaló una pluma y no tiene tinta.
-¿Me deja que la vea? -preguntó-. ¡Es antigua, hacía tiempo que no veía una de estas! -exclamó el vendedor-. Se la rellenaré en un minuto.
-Gracias Peter -contestó.

Ya, en el escritorio del despacho de su casa, cogió un papel de uno de los cajones y decidió probar, funcionaba de maravilla, ligera, de tacto suave, trazo fino y elegante.

A Joe le apasionaban las historias de piratas, galeones y tesoros.
Encendió la cadena musical e introdujo en una de sus bandejas el CD de la banda sonora de la película 1492: La conquista del paraíso.

Pasaron los días, y el pájaro de la inspiración no se dejaba ver.
Joe, desesperado, lanzó la pluma contra una de las paredes del despacho, y lanzó un fuerte puñetazo contra la mesa. La pluma cayó al suelo y broto de ella la poca tinta que  ya le quedaba. Abatido, la recogió con los nudillos ensangrentados del suelo y observó que la parte superior estaba agrietada por el impacto, la limpió con un pañuelo y la volvió a depositar en la mesa. Pequeñas gotas de sangre habían quedado impregnadas en la superficie de la mesa, cerca de la pluma.

De repente, ésta comenzó a iluminarse, las incrustaciones brillaron con un azul celeste.

Joe no daba crédito a lo que estaba ocurriendo, parpadeó varias veces por si la ofuscación le había jugado una mala pasada, pero no, allí estaba la pluma brillando como una estrella en el firmamento de la noche.

Las gotas de sangre iban desapareciendo de la mesa, abducidas por la fina punta de aquella pluma.

Tembloroso y desconfiado, la alcanzó con la mano derecha y, como si una fuerza oculta le dirigiese, comenzó a escribir durante un minuto, hasta que ésta paro y dejó de iluminarse.

Consternado todavía por lo que acababa de sucederle, Joe le echó un vistazo a lo que había escrito en el papel.
-¡Joder, no puede ser…! -exclamó.

Había escrito un par de líneas, en ellas decía…

PIRATAS
La espesa niebla no logró ocultar el galeón que avanzaba firme, surcando el mar en pos de una nueva victoria frente a uno de los barcos de la armada española….”

Joe se incorporó de la silla de un salto, las pulsaciones se le dispararon, tembloroso, no dejó de apartar la vista de la pluma.
<<¿Qué estaba sucediendo?, ¿qué era esto?, ¿quizá había encontrado el modo de hacer realidad su sueño?>>.

Esa misma noche cenó muy poco, el deseo de volver a escribir le superaba, pero a la vez estaba intrigado. Cuando escribió aquellos renglones pudo observar que el color que quedo impregnado en el papel no era rojo, sino era de un color azul, un azul turquesa que jamás había visto hasta ahora, y eso le creaba una desazón, la pluma era una especie de filtro que transformaba su sangre en tinta. Pero el ansia de verse cumplido su deseo la anulaba por completo.

Fue a la farmacia, donde compró una inyección, tenía que comprobarlo de nuevo, todavía no se creía lo que le había ocurrido.

Ya en su casa, le quitó el plástico aséptico que la protegía; se sentó en la taza del water; se arremangó la camisa del brazo derecho e introdujo la aguja en la vena del antebrazo, y de ella brotó el fluido vital.

-5ml. serán suficientes por ahora -pensó Joe.

Rápidamente, se dirigió al despacho, cogió la pluma, vertió el liquido en el depósito, y esperó impaciente.
Unos segundos después volvió a ocurrir lo mismo pero esta vez Joe sonrió.
Cogió varios folios de la estantería y comenzó a escribir.
Pasaron días, apenas comía, tampoco dormía muy bien, vivía totalmente desconectado de la realidad, su obsesión era escribir. El teléfono móvil sonó y hasta la cuarta señal de llamada no salió del trance. Su aspecto era deplorable, hacía días que no se duchaba, su barba parecía la de un mendigo, sus ojos hundidos en sus cuencas le daba un aspecto de ferocidad, que nada tenía que ver con ese hombre agradable y atractivo que tanto atraía a sus clientas, aunque siempre fue fiel a Geena.

-¿Joe, qué es de tu vida? -era Bruce Campbell.
-¡Hola Bruce! -apenas tenía fuerzas para hablar.
-¿Te encuentras bien? -preguntó con tono preocupado.
-Estoy ocupado, me encuentro perfectamente -contestó lo más firme posible.
-Estoy preocupado por ti Joe, apenas se nada de ti desde la despedida.
-No tienes porqué, te repito que estoy perfectamente, gracias por la llamada, disculpa, tengo que colgar -le respondió cortante.

Transcurrieron unos días, y Bruce no podía olvidar la inquieta conversación con Joe, lo notó débil y, posiblemente, enfermo.
Decidió ir a su casa y así salir de dudas.
Una hora después se presentó en el domicilio y llamó al timbre de la puerta, pero no obtuvo contestación alguna, le llamó al móvil y ocurrió exactamente lo mismo. Alarmado por el peor de sus pensamientos, decidió llamar a la policía.

Después de veinte minutos, se personaron dos policías uniformados.
-Es usted el que ha realizado el aviso? -se dirigió en tono inquisitivo el más joven de los policías.
-Si -afirmó.
-¿Es usted familiar?
-No, es mi amigo y compañero de trabajo, hace unos meses que se jubiló.  Últimamente tuve una conversación telefónica con él y fue muy extraña -contesto Bruce nervioso.
-¿Extraña, por qué? -preguntó el policía.
-No era él -espetó Bruce.

El policía de aspecto más mayor decidió pulsar el timbre de la puerta, al no haber señal alguna, realizó una llamada a la comisaría para que localizaran un cerrajero lo más urgente posible.

Media hora después,  la puerta fue abierta, Joe o lo que quedaba de él, estaba caído de bruces sobre el escritorio con los brazos tendidos por fuera de la mesa, con los ojos desencajados y muy pálido, junto a un montón de folios desparramados en blanco. Los resultados de la autopsia confirmaron que no tenía ni una gota de sangre en el cuerpo.

Unos años después….

En el informativo de la noche del canal 16, un presentador daba una noticia:

-Un joven policía del distrito 32 de Manhattan ha aparecido muerto en su domicilio en extrañas circunstancias, los últimos datos que tenemos hasta ahora es que ha sido hallado totalmente desangrado junto a un montón de folios en blanco, seguiremos informando.

Mientras, al otro extremo del mundo, Bruce Campell se disponía a entrar en la cámara de los faraones, acompañado de su esposa,  siguiendo las indicaciones del guía Aswad.

Salva,  gracias por compartir tu relato, saludos.

La Sonrisa del Diablo

Escrito por Alex Brendon

El comandante de las SS a cargo del campo de concentración era conocido como La Sonrisa del Diablo. Y el Diablo estaba especialmente sonriente aquella mañana del 25 de Diciembre.

Los trabajadores del campo formaban en perfecto orden en el patio central mientras caía indiferente la nieve.

-Como os he dicho -se dirigió a todos el comandante- se trata de una sencilla ceremonia. Premio y castigo. Castigo para el fracaso, premio para el éxito. Este centro de trabajo se enorgullece principalmente de un pequeño pero productivo taller de montaje de pistolas. Pistolas precisas y eficientes como esta -dijo levantando su mano derecha-. Pero no es así siempre. A veces se cometen errores. Errores como este -y levantó su mano izquierda blandiendo un arma aparentemente idéntica a la anterior. Y los errores deben ser castigados -aquí la siniestra sonrisa se acentuó.

Un gélido silencio siguió a las palabras del comandante. Todos los presentes en el patio, hombres de las SS y judíos, parecían estatuas de hielo.
-Trabajador 666, un paso al frente -tronó serenamente la voz del comandante.
El aludido obedeció, tembloroso por el miedo y el frío.

-¿Reconoces esta pistola? Deberías, la montaste tú.
El comandante penetraba con mirada de halcón los opacos ojos del número 666. Súbitamente, el comandante apuntó con la pistola al trabajador y apretó el gatillo. Un seco chasquido, acompañado de un apagado grito, resonó por todos los rincones.
-Enhorabuena, judío. Tu ineptitud te ha salvado la vida.

La sonrisa del Diablo pareció menguar un instante.
-Trabajador 999, un paso al frente -se oyó decir al comandante con helada calidez.
El número 999 dio vacilante un tímido paso al frente.
-Te felicito, judío. tu trabajo es digno de una recompensa -dijo ofreciendo el arma de su mano derecha al inseguro obrero. Y ahora, 999, mata al número 666 y serás libre.
El trabajador, con lentitud, apuntó a la cabeza de su compañero y, tras un instante que pareció una eternidad, disparó.
El estampido no logró apagar del todo el sonido del cuerpo al derrumbarse sobre el nevado suelo del patio. Los ecos del disparo se fueron disolviendo poco a poco en el aire, mientras el tiempo pareció congelarse.
-Abran la puerta principal -ordenó a los SS el comandante. Como te dije, judío, eres libre. Puedes abandonar el campo de trabajo.
La tormenta invernal arreciaba sin piedad en torno al campo.

Alex Brendon, gracias por compartir tu relato, saludos.

Cambio de planes

Escrito por Romina G. Ruiz

David se dirigió al puente a mitad de la madrugada, poco antes del amanecer. Su propósito era claro: arrojarse de ahí para acabar con lo que él llamaba su miserable vida. A él nadie lo había amado de verdad, su existir se resumía a una sucesión interminable de desdichas que enloquecerían a cualquiera y que ya no estaría dispuesto a continuar soportando. A pesar de llevar apenas veinte años sobre la faz de la Tierra, él no deseaba vivir ni un segundo más, porque ya no valía la pena seguir respirando. Todo debía terminar lo más pronto posible, y nada lo haría cambiar de opinión…o al menos eso creía.

El joven arribó a su destinó a las seis de la mañana. El cielo se aclaraba ligeramente, anunciando la llegada del sol. Con gran agilidad, David trepó a la cornisa del puente y se concedió a sí mismo  la oportunidad de darle un último vistazo al entorno que lo rodeaba antes de quitarse la vida. Las aguas del río a las que habría de arrojarse se mostraban inusualmente tranquilas y sosegadoras, pareciera como si se hubieran amilanado para indicarle al suicida que recapacitara y no procediera insensatamente. Repentinamente, David escuchó pasos cercanos y volteó la cabeza: efectivamente, detrás de él estaba una bella joven más o menos de su edad, de cabello rubio dorado, vestida de blanco reluciente y que lo miraba con serenidad.

-¿Quién eres? -le preguntó a la desconocida.
-Alguien que está al pendiente de muchas personas -se limitó a responder la mujer con una leve sonrisa y una melodiosa voz que a David le acarició los oídos.
-No lo creo -desestimó David-. Ahora, por favor, te pido que te vayas, que esto que haré lo quiero hacer solo, como lo he estado en toda mi vida.
-En realidad no has estado solo por toda tu existencia, David -aseguró categóricamente la muchacha.
-¿Cómo rayos sabes mi nombre? -inquirió extrañado David.
-Yo sé mucho más de lo que tú crees, al igual que lo sabe el amo a quien yo sirvo -afirmó de nuevo aquella misteriosa chica-. Muchos creen saberlo todo, pero sólo incurren en volverse tremendamente soberbios y déspotas. Otros, como tú, caen en la desesperación total, al poseer la absoluta convicción de que lo único que han obtenido en sus vidas es el desamor y marginación del género humano, y piensan que adelantando el término de sus existencias por su cuenta acabarán con su pesar, aunque no sea así en verdad. La sabiduría no reside en saberlo completamente todo, sino en aplicar cada conocimiento del mejor modo posible, y eso puedes empezar a llevarlo a cabo cualquier día…como hoy, por ejemplo; así como también puedes aplicar una lección de sabiduría aprendiendo a levantarte de cada obstáculo en el que caigas, por más profundo que este parezca, y seguir adelante sin rendirte nunca.

David oía tales palabras y le parecía tan raro que esa desconocida supiera tanto de él y, sobre todo, que lo que le dijera se ajustara tanto a la situación por la que él atravesaba. Era como si estuviera refiriéndose específicamente a su persona y, en concreto, le diera el mensaje de que desistiera de sus autodestructivos propósitos y de que todo, absolutamente todo, podía sortearse si se tenía fe y esperanza en uno mismo. Y, de pronto, el joven sintió renacer el deseo de vivir, de ver las cosas hermosas que hay en el mundo, de conocer a gente con la cuál pudiera compartir sus sentimientos y experiencias, de sonreír sinceramente; y ya no quiso morir. Un cambio obró en cuestión de instantes. Para cuando el Sol apareció en el horizonte matutino, David ya había bajado del puente con la intención no de suicidarse, sino con renovados bríos de existir.

-Gracias -le murmuró a su acompañante, mirándola una última vez.
-No hay nada que agradecer, porque tal es mi misión -contestó ella con una muy amplia y reconfortante sonrisa.

David se volvió para mirar el naciente día y, unos segundos más tarde, volteó para mirar de nuevo a aquella joven que prácticamente le había salvado la vida, pero en el momento en que lo hizo, se percató de que ella ya no estaba a su lado y que, al igual que había llegado, se había marchado.

Romina G. Ruiz,  gracias por compartir tu relato, saludos.

He estacionado un momento

Escrito por Pushaqwari

http://pushaq-qhawana.blogspot.com.es/2012/01/he-estacionado-un-momento.html

Hoy día llegué a destino como siempre y estoy muy contento, será que algún día no llegue a él y no culmine la jornada? Será que me quede algún día en el camino a vivir en la eternidad? Hay veces me imagino y presumo no encontrar la diferencia, si vivir como yo vivo o vivir en la eternidad, será que ya la conozco?, Qué presunción…!

Hoy me he vuelto a encontrar con el viento, con la luz del día que se vuelve aún mas fuerte cuando el sol brilla en un cielo despejado, sobre los verdes valles que parecen oasis y van fijando los destinos del camino, con esas largas rectas que la carretera dibuja invitándome a atravesarlas.

No quiero llegar aún porque mi destino es andar todavía, no quiero llegar aún porque el camino me ha parecido corto y largo el derrotero, el tiempo no cuenta y no tengo apuro aún de sacarme las botas y de secarme el sudor. Tengo ganas de seguir cortando el viento y sentir el sabor salubre del viaje todavía en mis labios, de mezclar en mis pensamientos el camino que me exige estar en el presente y las ganas de volar con él a lugares muy lejos de aquí.

He estacionado hace un instante en un lugar en donde quisiera quedarme toda la vida a contemplar justamente por siempre ese momento, pero me apremia la vida, porque ella me dice que momentos como este está lleno el universo, pero es mucho para mí…, lo quisiera todo pero es mucho para mí…, entonces controlo mis deseos y los traigo mas al presente, y es cuando se vuelven infinitos y es cuando se vuelven para siempre.

Esta vez los tramos han sido mas largos y eso es porque lo he querido así, volver a estos lugares tan hermosos no han podido evitar que los viva de esta manera, por el contrario, el cansancio desaparecía cuando después de la jornada el cuerpo me pedía un descanso y son las ganas de vivir así, al filo de cerrar los ojos o de mantenerlos abiertos para seguir con este viaje que tanto llena mi alma, que tanto llena mi espíritu y hace latir más mi corazón.

Soy un forastero, lo sé, pero la vida me lo hace sentir diferente, soy un desconocido también pero me siento…, cuando hago una pausa…, como en casa y eso es suficiente por hoy, encuentro albergue donde menos me lo imagino y tengo con quien conversar aunque no sean precisamente lo que quiera, pero es el momento, pero es la vida y no lo puedo evitar, ella toca a mi puerta y debo de contestar con la seguridad que ella abre mi camino, me trae lo desconocido me trae con quien estar.

Pushaqwari, gracias por compartir tu relato, saludos.

La Alianza

Escrito por Anastasia

– ¡Anabelle! -gritó desconsolado mientras corría detrás del caballo que se llevaba a la chica que él tanto amaba. Corrió sin conseguir nada, jadeaba, y al respirar no le entraba el aire, así que se desplomó en el suelo que hacía unos segundos atrás le hacía arder los pies y, que ahora, le achicharraba la cara.
Era la tercera vez en el mes que pasaba lo mismo. Primero fue la hija del Líder de la tropa, la segunda fue la hermana del religioso que se encontraba gravemente enfermo, y ahora, Anabelle, la prometida de un simple esclavo.
Una entidad maligna raptaba a las mujeres para hacer quién sabe qué o tratarlas quién sabe cómo.

Roland aun yacía tirado bajo el sol ardiente. Había recobrado la fuerza física para levantarse, pero no la mental. No podía creer que se la habían llevado, no lo quería hacer.
Después de 20 minutos ahí, se levantó como pudo y se dirigió al campamento. Tocó las puertas de los generales, visitó al cuidador del suministro de armas y a otros hombres de gran recurso. La mitad de estos sabía o había escuchado rumores sobre lo de las mujeres, y la otra mitad no tenía ni idea pero igualmente los acompañaron.
Salieron del campamento 40 minutos después, llevando consigo todas sus armas; siguieron las huellas y después de 3 horas de caminata bajo el pesado sol de Enero y el ardiente y rocoso suelo del desierto, encontraron grandes manchas de sangre alrededor de una gran tienda de campaña hecha con cueros de animales.
– La fiebre lo ha sobrepasado, no hay cura -una voz en la cabeza de Roland resonaba, pero seguía viendo la sangre que manchaba el amarillento piso.
Avanzaron rápidamente hacia la entrada. El más valiente corrió la pesada “puerta” de cuero y, al poner un pie dentro, ardió en llamas. Su grito de dolor llenó los oídos de Roland y los demás, pero éste sólo duró 2 segundos.
Todos retrocedieron alarmados. Nadie quería quedar calcinado. Al minuto después, se vio una silueta dentro de la tienda.

Un hombre mitad caballo sostenía sobre sus brazos pedazos de un cuerpo. Pedazos del cuerpo de Anabelle. Tenía la cara ensangrentada, al igual que su torso desnudo y sus brazos.

– Si no abre los ojos en 1 hora, estará muerto.
Roland estaba petrificado. No podía creer lo que estaba viendo. De pronto sintió una punzada de dolor y recobró la cordura.
Lo cierto era, que él era uno de los generales a cargo de una expedición en el desierto, y por culpa de una picadura de un tipo de alacrán, tenía fiebre y deliraba.
La fiebre le había jugado una mala pasada, le había hecho ponerse en el lugar del esclavo al cual había dañado sin culpa alguna.
Anabelle se llamaba la prometida de Coel, el esclavo que Roland había pedido que lo acompañara a la expedición. Roland había abusado de ella; ésta amenazó con contárselo a todos; Roland no sabía que hacer, así que la mató.
Allí, en las últimas horas de su vida, la fiebre y el delirio hicieron alianza para torturar a Roland mentalmente hasta llegar a su muerte.

Anastasia, gracias por compartir tu relato, saludos.

Love Casa Batlló

La Casa Batlló, recreación del arquitecto Antoni Gaudí, es el edificio de Barcelona (Cataluña) protagonista del cortometraje ganador del primer premio del Festival Internacional de Audiovisuales de Riga (Letonia), bajo el título Love Casa Batlló.

Love Casa Batlló ha sido creado por la productora Nueveojos y es un cuento mágico que, con la ayuda de la multimedia y el 3D, consiguen realzar la belleza onírica de Gaudí. Está protagonizado por la actriz Maria Huerga y la música es de Luis Miguel Cobos.

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